ENTREVISTA A MARCELO FIGUERAS – AUTOR DE LA NOVELA EN LA QUE SE BASA LA PELICULA KAMCHATKA DE MARCELO PIÑEYRO (fragmento)
Por Silvina Friera
–¿Qué recuerda de su adolescencia durante la dictadura militar y cómo ingresan esos recuerdos en lo que escribe?
–El fin de la inocencia es una cuestión trascendente. Hay fines de la inocencia que pueden estar relacionados con la muerte del padre o con el descubrimiento del sexo; hay cinco millones de fines de la inocencia narrados en la literatura o en el cine, pero este fin de la inocencia para mí fue como si se me cayera el mundo encima de la cabeza, por lo que significó vivir en esa especie de silencio malsano y ponzoñoso en el cual nada se decía, pero todo se sentía. Hay cuestiones que me obsesionan porque considero que están lejos de estar cerradas, y necesité tres novelas para darle vuelta al asunto, por más que fuese de formas absolutamente distintas. Kamchatka son los ’70, claramente, y La batalla... son los ’80, después del ’84, cuando ya habíamos recuperado la democracia, porque precisamente fue un momento en que se suponía que nos habíamos quitado de encima esta lápida, pero empezamos a darnos cuenta de que no era tan fácil. Arreglemos esto de alguna forma porque si no vamos a seguir avanzando con esta mochila el resto de nuestras vidas, pero atados a una piedra del tamaño de la de Tandil... y muy lejos no vamos a llegar si no resolvemos nuestra relación con la dictadura.
–El escritor Horacio Vázquez-Rial señaló que Kamchatka es una de las mejores maneras de narrar la dictadura porque los militares no aparecen, pero siempre están, y si aparecían significaba la muerte para la persona perseguida. En La batalla... los militares también están, pero no aparecen. ¿Cómo llegó a desarrollar esta idea entre el aparecer y el estar?
–Mi familia era una típica familia de clase media, para la cual la política simplemente era un tema de conversación de café o algo que a lo sumo te obligaba a votar de tanto en tanto, pero no era una forma de vida. No conocí en esa época a nadie que tuviera un desaparecido, ni siquiera por interpósita persona. En algún sentido vivía en el mejor de los mundos posibles y nada de lo que pasaba me golpeó en la superficie de la laguna, ni siquiera un cuchicheo. Era un poco como el Harry de Kamchatka: estaba en mi mundo de juegos, de fantasía, y aun así vivía en pánico. No sé por qué; no habría ninguna explicación racional ni nada que pudiese percibir deductivamente, no había ningún tipo de evidencia. Vivía con pánico de salir a la calle, mucho antes de que existieran los ataques de pánico. Me daban pavor los uniformes, aunque no hubiese militares visibles, y tenía fobia a los policías. Si veía a un policía cerca me causaba tanto terror que me cruzaba de vereda. No los veía, pero eran el monstruo y lo que me amenazaba. No tenía miedo de que un señor barbudo viniera a tirarme con El capital, no tenía miedo al terrorista porque no era una figura con entidad. Había registrado que existían, pero en mi horizonte vital no me atemorizaban. En cambio, los militares y los policías me marcaban todos los días, eran el cuco de mi historia personal. Creo que respiraba una sensación de pánico que se transmitía en el aire, y eso me marcó mucho. Con el tiempo fui tratando de encontrar una luz a todo esto y así llegué a Kamchatka. Películas y novelas donde aparece el Falcon y los tipos con bigotes te secuestran, te torturan, te muestran la picana o te hacen el submarino, ya vi o leí muchas. Algunas son maravillosas; la mayoría, olvidables. ¿Cómo encontrar una luz en todo esto? Ahí apareció la voz de Harry. Me parecía que era otra manera de mirar los años de la dictadura, sin negar todo el llanto y el dolor. Y así me podía dar el permiso de reír en medio del desastre, dejando a los nenes jugando en el medio de la fuga. En La batalla... también nos podemos reír de esta forma, aunque el pasado nos siga mordiendo los talones.
–¿Por qué tienen tanto protagonismo los chicos en sus historias?
–Es algo que sería para un largo análisis, lo debería consultar con mi analista (risas). Supongo que tiene que ver con la maravillosa capacidad de los chicos para sobrevivir enteros a cualquier circunstancia. Más allá de mi debilidad por el juego, que me trae problemas con cualquier matrimonio amigo que tenga hijos y se crucen conmigo porque terminamos haciendo quilombo, creo que si algo te garantizan los chicos, algo muy a los Dickens, es que pueden pasar las cosas más horrendas que destruirían sin remedio a cualquier persona de mediana edad sin capacidad de recuperación, que ellos lo asumen, ponen el cuerpo y tienen esa facilidad para verlo todo como nuevo. Me hubiera gustado haber podido conservar esta capacidad de pasar por este infierno y sobrevivir con ganas de reírme y de ser feliz.
Fuente: PAGINA 12/Domingo, 24 de Diciembre de 2006
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